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El libro del desaosiego, capítulo 277

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 Los sentimientos que más duelen, las emociones que más afligen, son los que son absurdos -el ansia de cosas imposibles, precisamente porque son imposibles, la añoranza de lo que jamás ha existido, el deseo de la existencia del mundo. Todos estos mediostonos de la conciencia del alma crean en nosotros un paisaje dolorido, una eterna puesta de sol de lo que somos. El sentirnos es entonces un campo desierto al oscurecer, triste de juncos al pie de un río sin barcos, negreando claramente entre márgenes alejadas (...). Sé que estos pensamientos de la emoción duelen con rabia en el alma. La imposibilidad de figurarnos una cosa a la que correspondan, la imposibilidad de encontrar algo que substituya a aquella a la que se abrazan en una visión -todo esto pesa como una condena pronunciada no se sabe dónde, o por quién, o por qué. Pero lo que queda de sentir todo esto es con seguridad un disgusto de la vida y de todos sus gestos, un cansancio anticipado de los deseos y de todas sus maneras,...

Un semestre por Hangzhou

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Aquel fue un mal semestre para los tres: De entrada su servilleta, que me pasé 8 noches en un hospital chino con ataques de pánico (salí de ahí pesando 67 kilos, hoy peso 82); luego fue César, que en una mala gambeta pambolera se fracturó el brazo y no tuvo más remedio que dejarse medrar una singular barriga debajo del brazo enyesado y; finalmente, el salado de Litos, a quien terminamos por echar chascarrillo cada vez que sonaba algún celular porque no hubo chica que le contestara sus llamadas y mensajes en todo el semestre. Actividades que se hicieron hábitos, como el de comer doritos y beber cheve hasta el hartazgo cada miércoles, nos unieron mucho. Eso, y las concurridas pedas de las que fuimos anfitriones, las manías de viejo de Litos, los banquetes cortesía de la chinita Teresa y la maldición de que “ellas”, las féminas, estuvieron siempre ausentes y sin darnos bola por meses. Luego pasó que el azar me llevó a conocer a una italiana de buena pinta, que nos pasamos una velada d...

Vivir en una mansión (o en tres)

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  Durante prácticamente un año entero estuve viviendo en tres mansiones distintas de Palos Verdes Estates, una de las ciudades más prósperas del Condado de Los Ángeles. En ocasiones compartí esas mansiones con algunos pacientes chinos y con la cocinera en turno, pero también hubo meses en los que viví ahí solo, en espacios que recordaban un suntuoso palacio persa. Las vistas hacia la bahía o directamente al mar, al despuntar el alba o con los últimos rayos del sol perdiéndose bajo el horizonte marino, eran simplemente espectaculares, sobre todo si los apreciaba desde alguna terraza o tumbado sobre un camastro con una cerveza o una botellita de sake en la mano. Fueron muchas las mañanas que disfruté nadando en pelotas en las piscinas y muchas las horas que pasé leyendo o viendo pelis en un gran salón alfombrado, decorado con elegantes muebles de madera y un enorme ventanal con vista al verdor de un enorme árbol cuyas hojas danzaban al viento. Desde luego, todo este lujo se agrad...

La experiencia más bella

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Imagina cómo es el amor que seas capaz de sentir en un mismo momento como un todo que te envuelve por completo y que es la totalidad de la realidad. ¿Y toda la compasión? ¿Y toda la gratitud? Volver al pasado y ver a tus padres como se veían cuando eras un niño y a tus amigos años atrás, en tu niñez, en tu adolescencia. Sentir la esencia de todos ellos en ti, la sensación de estar siempre acompañado y un sentimiento de amor y fraternidad que nunca habías experimentado con tanta intensidad en toda tu vida, que te hace darte cuenta de lo afortunado que eres por tener a tu alrededor a tantas personas que te quieren y que te aprecian. Ahora imagina también cómo es sentir la esencia de aquellos que ya partieron como un algo que lo cubre todo en la más absoluta omnipresencia: la esencia de tu hermano, de tus abuelos, de tus tíos, y darte cuenta de que viven en ti, que siempre te acompañan, que nunca te han dejado solo y que te lo hacen saber, que te lo transmiten en ese momento de una manera...

Atención plena

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Cuando estaba en mis 20s bastaba con salir un poco de lo rutinario, ir a algún lugar boscoso cerca de Morelia o quizás a alguno muy lejano, en un país extraño de ultramar, para sentir una renovada pulsión por descubrirlo y verlo todo. Como un niño de unos pocos años, explorar el inabarcable mundo con curiosidad era lo que nutría mi espíritu de buenos momentos. Tristemente, durante alguna parte de mis 30s me empezó a parecer que cualquier paisaje nuevo ya no lo era tanto. Y no es que súbitamente hubiera dejado de apreciar la belleza o de disfrutar de un buen viaje, sino que simplemente mi capacidad de asombro había estado yendo poco a poco a menos. Quizás el haber visto tanto y tan variado a lo largo de los años me había ido desconectando lentamente de aquello que antes me maravillaba. Me estaba ocurriendo algo similar a lo que pasa cuando visitamos un museo antropológico por largo tiempo: toda pieza arqueológica comienza a parecer la misma después de una o más horas de recorrer intermi...

Letter to Hannah

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Hi Hannita, Hope you are doing great. During the last few months I've been doing research on therapy with psychedelics, particularly with psilocybin, a.k.a. magic mushrooms. I was willing to try them back in Mexico (sessions in Oregon are so expensive and in Mexico you find this stuff for free hehe). Last Sunday I was walking in Venice Beach and I saw a shop that sold chocolate bars and gummies with psilocybin. I bought a bar. I tried it on Monday after work. Not for fun or in a recreational way, but laying down covering my eyes the whole time to see my mind, my subconscious, what lays deep inside. It lasted 4 hours. I saw the most mind blowing landscapes I could have ever imagined and I went back to my past. I saw my childhood, laying down on my dad's shoulder at age 5 and feeling his warmth, I saw all my friends, my brother telling me that he was with me all the time with his overwhelming presence and light, I saw my grandparents and uncles that have passed away sa...

In Praise of Melancholy

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Melancholy is not rage or bitterness; it is a noble species of sadness that arises when we are properly open to the idea that suffering and disappointment are at the heart of human experience. It is not a disorder that needs to be cured; it is a tender-hearted, calm, dispassionate acknowledgment of how much agony we will inevitably have to travel through. Modern society’s mania is to emphasize buoyancy and cheerfulness. It wishes either to medicalize melancholy states –and therefore “solve” the problem- or to deny their legitimacy altogether. Yet melancholy springs from a rightful awareness of the tragic structure of every life. We can, in melancholy states, understand without fury or sentimentality that no one truly understands no one else, that loneliness is universal and that every life has its full measure of shame and sorrow. The melancholy knows that many of the things that we most want are in tragic conflict: to feel secure and yet to be free; to have money and yet not to be b...